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Ebola, omisión y negligencia

  • 9 de Setembro de 2014

José Agenor Álvares da Silva  es asesor de Fiocruz Brasília e investigador, fue ministro de la Salud y director de la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria – Anvisa)

Con tonalidades y contornos diferentes, la historia se repite no como farsa, pero como tragedia humanitaria. Una increíble semejanza se constata entre los hechos vividos, actualmente, por la epidemia del virus ebola, en el oeste del continente africano, y la epidemia de meningitis que golpeó Brasil en la década de 1970.

En Brasil, bajo la égida de la dictadura militar, las informaciones sobre la epidemia de meningitis eran manipuladas y censuradas, en cuanto la incidencia de la enfermedad estaba circunscripta a las poblaciones periféricas y no amenazaba a las llamadas clases privilegiadas. Solamente después que la enfermedad rompió las barreras sociales y no hizo distinción entre pobres y ricos, el gobierno militar reconoció la gravedad de la situación y ordenó una intervención para superar el problema. Fue, en ese momento, desencadenada una de las mayores campañas de vacunación masiva registrada en Brasil.

La epidemia del ebola, en el oeste de África, nos muestra, con una crueldad alarmante, exactamente lo que pasó en Brasil hace 40 años. Descuido, omisión y negligencia. Crimen hediondo. Añadiendo a esto, la arrogancia de aquellos que se creen dueños del mundo. De acuerdo con el millonario Donald Trump, los dos ciudadanos americanos contaminados por el ebola y llevados para tratamiento en el CDC, en Atlanta, “deberían sufrir las consecuencias” por estar donde no deberían estar. Nos hace acordar a aquel personaje de Chico Anísio, Justo Veríssimo. Pobre? No debería ni haber nacido.

Como los hechos ocurren en la casa de los otros, el sufrimiento de las familias que conviven con las perdidas es relegado a la insignificancia de los muertos y del continente. Es más “saludable” preocuparse con el conflicto del este de Ucrania, com la política de Iraq y de Siria o con la invasión de la franja de Gaza. Al final, en esos lugares, los señores de la guerra y la industria bélica mundial, con apoyo de gobiernos nacionales, tienen un ambiente altamente lucrativo para sus negocios.

La poderosa industria farmacéutica, por su lado, también está demostrando insensibilidad y omisión. Hay más intereses en la investigación y en la producción de medicamentos para las enfermedades del mundo moderno que apoyo a la investigación para producción de vacunas que puedan proteger la salud de millares de personas, secularmente con negligencias en sus derechos de ciudadano.

Durante años, varios segmentos de la comunidad internacional alertan a las condiciones de pobreza y miseria a la que está sometida la mayoría de la población de África, especialmente, en la región sub-sariana. En el campo de la salud, cualquier nueva alerta que se hace sobre la posibilidad de agravios “inusitados” a la salud de los pueblos de aquel continente, con posibilidad de repercusión sanitaria para otras partes del mundo, es considerado mantra y canto de sanitaristas y alarmistas desocupados y que deberían buscar algo que hacer.

Aunque la BBC de Londres haya informado la iniciativa de una empresa farmacéutica inglesa de intentar producir una vacuna hasta mediados del 2015, causa espanto que, hasta este momento, no se vea ningún esfuerzo concreto para superar la epidemia por parte de gobiernos de las grandes potencias dueñas de la riqueza mundial.

Por lo contrario, lo que se ve son apenas previsiones catastróficas sobre la propagación de la epidemia para otros países del continente, generando pánico y desconfianza entre la población. Ninguna señal de apoyo financiero a los países afectados por ese virus que garantice esperanza a las personas y condiciones mínimas de trabajo a aquellos que están en contacto directo con los enfermos es percibido.

El caso de la epidemia de ebola es una vergüenza del inicio de este siglo. El virus fue descrito desde 1976, en África, como peligro real y eminente, dada la letalidad de la enfermedad. El problema es agravado mucho más por las precarias condiciones sanitarias de los países afectados por el ebola, por la pésima calidad de vida de la población y por las creencias culturales de la región, que propician condiciones adecuadas a la transmisión. Esa enfermedad, como la meningitis en Brasil en la década de 1970, solo será combatida con vigor si, realmente, se considera amenaza concreta a la salud de los habitantes de clases más altas de las naciones de otras regiones del planeta.

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